El amor que no necesita espejo
Hay una comodidad especial en encontrarnos en otra persona. Nos gusta descubrir nuestros gestos en un hijo, escuchar una expresión familiar en un hermano o reconocer en alguien querido la misma manera de mirar una situación. “Es igualito a ti”, decimos. Y sonreímos. La semejanza produce una intimidad inmediata. Nos permite entrar en el territorio del otro sin necesitar demasiados mapas. Pero la vida también nos entrega personas que amamos y que no funcionan como espejo. Piensan distinto. Creen distinto. Ordenan sus prioridades de otra manera. Toman decisiones que nosotros no tomaríamos. Reaccionan donde guardaríamos silencio y permanecen tranquilos justamente donde nosotros levantaríamos la voz. Entonces el amor tiene que aprender otro idioma. Cuando el parecido deja de ayudarnos Dos hermanos pueden compartir la misma infancia y recordar casas diferentes. Uno recuerda seguridad. Otro recuerda restricciones. Uno recuerda a una madre protectora. Otro recuerda a una mujer preocupada. Uno ...