domingo, 31 de marzo de 2019

La Palabra de Reconciliación

Cuentan por ahí que una vez un miembro de la tribu Piaroa, que es una tribu indígena de Venezuela cuyos miembros tienen fama de vivir en completa igualdad y de forma pacífica, excepto el de esta historia, se presentó furioso ante un anciano de la tribu para informarle que estaba decidido a tomar venganza de un enemigo que lo había ofendido gravemente. ¡Quería ir inmediatamente y matarlo sin piedad!

El anciano lo escuchó atentamente y luego le propuso que fuera a hacer lo que tenía pensado, pero antes de hacerlo llenara su pipa de tabaco y la fumara con calma al pie del árbol sagrado del pueblo.

El hombre cargó su pipa y fue a sentarse bajo la copa del gran árbol. Tardó una hora en terminar la pipa. Luego sacudió las cenizas y decidió volver a hablar con el anciano para decirle que lo había pensado mejor, que era excesivo matar a su enemigo pero que sí le daría una paliza memorable para que nunca se olvidara de la ofensa.

Nuevamente el anciano lo escuchó y aprobó su decisión, pero le ordenó que, ya que había cambiado de parecer, llenara otra vez la pipa y fuera a fumarla al mismo lugar. También esta vez el hombre cumplió su encargo y gastó media hora meditando.

Después regresó a donde estaba el anciano y le dijo que consideraba excesivo castigar físicamente a su enemigo, pero que iría a echarle en cara su mala acción y le haría pasar vergüenza delante de todos. Como siempre, fue escuchado con bondad, pero el anciano volvió a ordenarle que repitiera su meditación como lo había hecho las veces anteriores. 

El hombre medio molesto, pero ya mucho más sereno se dirigió al árbol centenario y allí sentado fue convirtiendo en humo, su tabaco y su enojo. Cuando terminó, volvió al anciano y le dijo: "Pensándolo mejor veo que la cosa no es para tanto. Iré donde me espera mi agresor para darle un abrazo. Así recuperaré un amigo que seguramente se arrepentirá de lo que ha hecho". El anciano le regaló dos cargas de tabaco para que fueran a fumar juntos al pie del árbol, diciéndole: "Eso es precisamente lo que tenía que pedirte, pero no podía decírtelo yo; era necesario darte tiempo para que lo descubrieras tú mismo".

Como el anciano de esta historia muchas personas creen en el poder de la reconciliación.

Todos anhelamos que algún día despertemos y las noticias que escuchemos ya no sean las de pobreza, enfermedad, opresión o guerras. 

Este es el sueño de muchas personas en diferentes generaciones, pero hoy más que nunca muchos esperamos que llegue un nuevo mundo, en el cual lo bueno no sea solamente un sueño.

El Apóstol Pablo estuvo animado por esta misma visión. Pero la gran diferencia es que Pablo la visualizó a nivel espiritual y la presenta como una realidad que se está llevando a cabo. 

El proceso de convertir la visión de la reconciliación en una realidad es, como veremos, mucho más sencillo y más saludable que fumarse tres pipas de tabaco bajo un árbol sagrado.

Pablo escribe en 2 Corintios 5:17-21: “De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos encargó el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. 

A través de estos versículos Pablo no solamente nos dice acerca de la posibilidad de un mundo nuevo que empieza en nuestra propia vida, pero nos explica también cómo es que eso puede ocurrir. 

El Apóstol nos dice que la reconciliación con Dios a través de Jesucristo abre la posibilidad, para que el mundo, nuestro propio mundo para empezar, sea distinto. 

La primera lección que se desprende de este pasaje bíblico es que la reconciliación es necesaria si queremos que “las cosas viejas pasen”.  El mundo está lleno de “cosas viejas” que hacen que esta declaración sea obvia: conflictos étnicos y terrorismo, guerras, crisis políticas y económicas. En situaciones como estas, la reconciliación es una urgencia.

Pero hay otras formas de hostilidad que ameritan la reconciliación: pleitos entre compañeros de trabajo o conflictos sin resolver dentro de las familias que han producido el distanciamiento entre sus miembros.

El interés de Pablo está en la reconciliación entre el pecador y Dios. Logrando reconciliar esta relación, el cambio puede llegar a todas las otras áreas de nuestra vida. 
Aunque no se quiera reconocer, en algún momento cada ser humano lucha contra su propio pecado.  Hay conciencia de los errores del pasado y del presente, la esclavitud del pecado hace que la persona tenga miedo y desesperación. En momentos como estos es cuando la reconciliación se hace necesaria.

Por otro lado, la reconciliación es algo que solo Dios puede hacer a favor nuestro.  Sin embargo, Dios quiere que nos convirtamos en embajadores y embajadoras suyas, en representantes por medio de los cuales Dios ruega al mundo que se reconcilien con El. 

El mensaje del Evangelio, la Buenas Nuevas que compartimos como los embajadores y embajadoras del Reino, es anunciar que Dios ha hecho la paz con el mundo. Sin este mensaje de paz no hay evangelio. El pecador está separado de Dios y bajo condenación por causa del pecado y no hay nada que el ser humano pueda hacer por sus propios medios para cambiar esto. Solo cuando estamos bajo la sombra de la Cruz de Cristo, y aceptamos su sacrificio de amor, es que la reconciliación es posible.

Pablo nos enseña también que la reconciliación es costosa. A nivel de relaciones, toda reconciliación es costosa. Si es un pleito entre amigos o de pareja solo habrá reconciliación cuando la persona que ha ofendido esté dispuesta a decir: “lo siento, estaba equivocado(a)”; el costo está en tener humildad para hacerlo.  

El costo de la reconciliación de los pecadores con Dios escapa todo cómputo: implicó la muerte de uno que no tenía pecado, como ofrenda por el pecado.

Por último, esta reconciliación debe ser aceptada. Si la reconciliación no se acepta, no puede tener ningún efecto en nosotros. 

Dios actuó en la muerte de Cristo para remover todas las barreras para nuestra reconciliación con él. De parte de Dios ya no hay estorbos, no pongamos nosotros estorbos para esta reconciliación.

Como el anciano de la tribu Piaroa, Dios nos está dando tiempo para que “descubramos por nuestra propia cuenta” que hoy es el tiempo de reconciliarnos con Dios, que hoy es el día de aceptar el ministerio de la reconciliación, y que este es el momento de proclamar la palabra de reconciliación. 

Cuaresma es un tiempo de Reconciliación. Reconciliación contigo mismo y contigo misma, con las personas que te rodean y con Dios. Tú sabes mejor que nadie con quien necesitas reconciliarte. ¡Anímate y hazlo! No dejes pasar esta oportunidad.

Traducción automática de Google

domingo, 24 de marzo de 2019

¿Cuál es la verdadera tragedia?


¿Si Dios existe por qué le ocurren tragedias a la gente buena? ¿Si es verdad que Dios existe por qué hay tanta maldad en el mundo? A muchos creyentes les gusta contraatacar estas preguntas y responden con estas otras preguntas: ¿Qué mal habrá hecho para que le sucediera esa desgracia? ¿No es acaso por la maldad de la gente que les sucede lo malo?

Nos dice la Biblia que en una ocasión llegaron unas personas a Jesús con estas mismas inquietudes esperando escuchar la opinión que Jesús tenía sobre esto.

El relato lo encontramos en Lucas 13:1-9.

Aunque la Biblia no nos dice la intención con la que estas personas compartieron esta noticia con Jesús, en la respuesta que él les da podemos conocer algo que nosotros no vemos pero que Jesús entendió.

“¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos?”, Lucas 13:2

La pregunta era más bien una declaración de la actitud con la que estas personas venían a él. De hecho, era una creencia popular, que aún todavía la escuchamos en labios de muchos: “La gente mala padece sufrimiento por su maldad, la gente mala paga las consecuencias de su pecado.” Y lo que viene después: “Qué bueno que yo no soy como esas personas; a mí Dios me bendice porque yo soy una buena persona.”

A esta actitud el Señor responde: “Os digo: No (no están viendo lo que es realmente importante, no juzguen el corazón de las personas sin conocerlas); antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.”, Lucas 13:3

No juzguemos a las personas por lo externo que vemos. Nunca podremos conocer el corazón de las personas, ni podemos ver lo que habita en lo más profundo del ser humano. Solo Dios tiene esta facultad.

Las personas buenas también sufren tanto como las personas malas pues El sufrimiento de las personas no tiene que ver nada con su condición espiritual.

Lo que sí es cierto es que muchas personas son víctimas de la maldad de otros, como la masacre reciente en ChristianChurch Nueva Zelanda, y como no sabemos que un día podemos ser víctimas de quienes hacen maldad, el Señor nos llama a arrepentirnos, a arreglar nuestra propia vida, a estar bien en nuestra relación con él.

Pero no nos gusta mucho esta relación entre el sufrimiento de otros y el arrepentimiento nuestro. Hasta solemos decir: “Dios quiera que esa persona que haya tenido oportunidad de arrepentirse antes de la maldad que le hicieron”. 

¡Como si fuera un asunto solo de ellas!, ¡como si solo ellos tuvieran que arrepentirse! Cuando las personas sufren por la maldad de otros, debemos examinar nuestro corazón para ver si no estamos haciendo nosotros lo mismo, para ver si no estamos haciendo maldad en la vida de otros que también están sufriendo, a veces por nuestra indiferencia, por nuestra frialdad, por nuestro acoso, o mal trato.

En el versículo 4, Jesús añade al tema y presenta ahora el caso de las personas que sufren por las desgracias naturales: O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén?”, Lucas 13:4

Jesús menciona esto porque probablemente habría escuchado los comentarios de las personas cuando sucedió esta tragedia natural. Aún en nuestros días podemos escuchar este razonamiento en labios de muchos “Dios protegió a sus hijos, la iglesia tal quedó en pie porque Dios la cuidó, la desgracia vino porque en esta ciudad hay mucha maldad”

Pero otra vez, la respuesta de Jesús es la misma: “Os digo: No (no es así, no tiene que ver una cosa con la otra); antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.”, Lucas 13:5

La muerte, ya sea por la maldad de otros, o por desastres naturales, no premeditados, llegará por igual a todas las personas que las sufren, independientemente de su condición espiritual. Ante esta realidad, Jesús nos llama a arrepentirnos.

El arrepentimiento al que Jesús nos llama consiste en transformar la mentalidad, la actitud. El arrepentimiento que nos pide es un cambio de opinión, de sentimientos o de propósito. Arrepentirse en mirar la vida de una nueva manera, con misericordia y con paciencia, como Dios lo hace.

En este punto se hace necesaria una pausa para preguntarnos: ¿Debemos explicar el sufrimiento o debemos hacer un llamado al arrepentimiento? ¿Cuál es la verdadera tragedia? ¿Que unos creyentes mueran mientras adoran? ¿Que una torre caiga sobre 18 obreros mientras trabajan? ¿O que la vida del ser humano transcurra sin dar fruto?

En la última parte de este pasaje el Señor nos lleva a reflexionar sobre estas preguntas a través de una ilustración, una comparación que se encuentra en Lucas 13:6-9.

En lugar de tratar de explicar las tragedias que ocurren en la vida de otras personas, o tratar de encontrar culpables, debemos preocuparnos de la esterilidad, la sequedad de nuestra propia higuera, de nuestra propia vida.

En esta parábola encontramos las dos actitudes que podemos asumir.

La una es la actitud del dueño de la finca: cortar lo que no da fruto. Esta acción representa la actitud inflexible e inmisericorde con la que podemos tratar a aquellas personas que a nuestro juicio no están dando frutos de arrepentimiento, personas en las que no podemos encontrar lo que estamos esperando encontrar: tal vez en la pareja que no es como nosotros quisiéramos, o un hijo o hija que no se porta de la manera que nosotros creemos que debe comportarse, o el compañero o compañera de trabajo que no nos trata como creemos que merecemos ser tratados, o el hermano o la hermana en la iglesia que no hace esto o aquello, etc, etc.

El “cortar” del versículo 7 implica el separar a esa persona, apartarla de nuestro lado, excluirla, darle la ley del hielo, o cualquier otra estrategia que usemos para demostrar que esa persona, por su “maldad”, debe ser reprendida.

La pregunta que hace el dueño de la finca en el versículo 7, ¿para qué inutiliza también la tierra?, la hacemos nosotros también cuando decimos: “¿Por qué me va a arruinar más la vida?, ¿Por qué tengo que aguantarle esto? ¿Cómo le puede ir bien, o como le puedo hacer el bien a una persona que hace el mal?; a la gente mala tienen que ocurrirle cosas malas.

Pero entonces, se contrasta esta actitud con la actitud del viñador, del jardinero que cuida la finca: cavar y abonar para que la planta estéril de fruto. Esta acción representa la actitud esperanzada, la de las segundas oportunidades, la que busca la reconciliación y el perdón.

Durante tres años, el viñador había cuidado esta planta, así como Jesús durante tres años estuvo cuidando a su pueblo, para que diera fruto. Y el fruto no llegó. 

Los que saben de plantas nos dicen que la higuera madura en tres años. Pero el jardinero pide un año más de gracia y ofrece cavar alrededor de ella, para que el agua llegue bien a las raíces de la planta, y abonarla, para que los nutrientes alimenten el tallo y las hojas, y que así, el tan esperado fruto se produzca.

Con esta imagen Jesús responde a aquellas personas que cuestionan el sufrimiento humano, y juzgan a Dios o juzgan el corazón de quienes sufren.

Cuando veas el dolor en otra persona, arrepiéntete, cambia tu manera de ver esto, no cortes, no separes a esa persona ni de ti ni de Dios, ni te separes tú, de esa persona o de Dios, juzgando, acusando, explicando o razonando.

Simplemente conéctate nuevamente a esa persona, dale una nueva oportunidad, crea surcos alrededor de esa persona, cava hondo, para que tus palabras de aliento lleguen a sus raíces. Abónale el corazón, con los nutrientes del amor, la esperanza, la misericordia, el buen trato, la palabra sincera, el consejo oportuno, la ayuda adecuada.

Pero no le des la espalda, no la acuses, no la juzgues; Dios nunca hará esto con nosotros no importa cuantas veces le fallemos. El siempre estará dispuesto a recibirnos si venimos a él arrepentidos.

Hagamos nosotros lo mismo, y si esto sirve para que la persona de fruto, como dice el Señor al final de este pasaje, “bien”. Esto es todo lo que importa. Dejemos que Dios se encargue de cortar lo que debe ser cortado. Solo el sabe cuando sus higueras, sus hijos e hijas, habrán llegado a la madurez.

Google translation 

domingo, 17 de marzo de 2019

La Recompensa no es la Promesa

Nos gustan las promesas de Dios. Algunas personas se han dado a la tarea de contarlas y nos dicen que hay más de tres mil promesas en la Biblia.

Y no importa cuánto tiempo transcurra, siempre estaremos buscando el cumplimiento de cada una de esas promesas de Dios en nuestras vidas.

El problema con esto es que solemos prestar más atención a la recompensa que la promesa encierra que a la fuente de donde proviene esa promesa, mayormente cuando no vemos que la recompensa viene en el tiempo y la forma en que esperamos que venga. 

La Biblia nos presenta la historia de un hombre que a los 75 años recibió una promesa de parte de Dios y tuvo que esperar 25 años por el cumplimiento, por la recompensa, de la promesa.

Durante ese tiempo de espera resultaría muy fácil perder de vista al dador de la promesa por la demora de la recompensa a menos que aceptemos la intervención de Dios que nos prepara para evitar que esto ocurra.

Esto fue precisamente lo que Dios hizo en la vida de este hombre cuyo nombre era Abram.

Este evento en la historia de Abram se encuentra en Génesis 15:1-12, 17:18

Esta historia nos enseña primeramente las condiciones que tienen que ser removidas de nuestro corazón para que aprendamos a esperar en la promesa de Dios.

La primera condición que debe ser removida del corazón es el temor.

La promesa a Abraham la encontramos en Génesis 13:14-17

No parece haber mucho problema en esta promesa. De hecho, eran dos promesas en una: una nueva tierra para la descendencia de este hombre. Lo de la nueva tierra era fácil, ya Abram había empezado a caminar y a asentarse en esta nueva tierra que Dios le había prometido. 

El cumplimiento de esta promesa fue casi inmediato, desde el primer paso que dio. Pero es en la palabra descendencia donde está el problema. 

La promesa le vino a un hombre de 75 años casado que una mujer de 65 años y que además era estéril. ¿Qué descendencia puede haber aquí? Por eso, cuando Dios visita a Abram lo encuentra lleno de temor, temor al futuro, temor de que la promesa de Dios no se cumpliera.

Esto nos lleva a la segunda condición que debe ser removida del corazón: La incertidumbre, v.2-3 

La incertidumbre de Abram se deja ver en las frases que utiliza cuando habla con Dios. ¿qué me darás siendo así que ando sin hijo….? Mira que no me has dado prole… Veo mi futuro incierto, no tengo prole, no veo los frutos. 

Vemos a Abram concentrado en la recompensa, pero no en la promesa; en el resultado, pero no en el proceso que Dios usa para llevarnos a ese resultado. 

¿Cuántas veces no es esta nuestra situación? No tengo prole, no tengo frutos, no veo resultados, no veo…no veo.. y nos quedamos sin ver.

La tercera condición que debe ser removida de nuestro corazón es la fe a medias, la fe con dudas, v.6,8,11,12

En los versículos 6, 8, 11 y 12 nos encontramos a un hombre que va de la fe a las dudas. 

Nos dice el relato que creyó a Jehová y le fue contado por justicia, o sea, Dios lo consideró justo debido a la fe que tuvo, v.6. Pero terminado de decir esto la siguiente pregunta que le hace a Dios es una pregunta de duda: “¿en qué conoceré que la he de heredar? O sea, ¿cómo puedo estar seguro de esto? 

La duda no es de lo que Dios promete, la duda quizá sea de no sentirse seguro, digno o merecedor de recibir la promesa, lo cual es igualmente dañino que la incredulidad. 

La imagen del versículo 11, la de aves de rapiña sobre los cuerpos de los animales muertos y él ahuyentándolas, podría significar la lucha que Abram estaba teniendo con sus propios pensamientos, inseguridades, cuestionamientos o dudas. 

Al final del día, cuando nos disponemos a dormir, el temor que producen esos pensamientos puede caer sobre nosotros como una grande oscuridad. Esto fue lo que le ocurrió a Abram: “El temor de una grande oscuridad cayó sobre él”, v.12

Pero entonces Dios aparece en escena para darle esperanza a nuestro futuro, para hacer realidad lo que nuestro corazón anhela.

La historia nos presenta las acciones de Dios para ayudarnos a que esto ocurra.

La primera acción es visitarnos en nuestras visiones

Vino la palabra de Jehová a Abram en visión, v.1: ese estado cuando imaginamos, cuando anhelamos, cuando soñamos. Como lo haría muchas veces Abram pensando en la promesa que Dios le hizo. Diría él: “una nueva tierra y mis descendientes habitándola. Que hermoso sería, que hermosa realidad”. 

Y entonces Dios nos habla: "es mi promesa, no te olvides de esto; imagina pero recuerda que yo soy el que creo, el que fabrico la realidad; sueña pero recuerda que soy yo el que materializo los sueños".

La segunda acción es invitarnos a confiar.

No temas…v.1a, es una frase de consuelo, que va acompañada de un fuerte abrazo, una frase que nos envuelve en el amor de Dios y nos cautiva, nos sostiene, nos levanta, nos impulsa.

La tercera acción es ofrecernos su protección

Yo soy tu escudo v.1b, esta es una frase de protección, de defensa, de cuidado, porque en el temor nuestro corazón queda indefenso, las dudas nos exponen, nos dejan indefensos.

La cuarta acción es confirmar el don

Tú galardón será sobremanera grande v.1c, el galardón es la recompensa, el regalo, la ganancia, el don, y todo esto nos recuerda que no es algo logrado sino algo obsequiado, algo que nos es dado. 

Por lo tanto, el énfasis no está en lo que recibimos sino en el de quien lo recibimos, en el dador, que es más grande que el galardón. Y esto tiene que ver también con nuestra salvación, el regalo inmerecido de Dios.

La quinta acción es reafirmar la promesa

No te heredará un esclavo sino un hijo tuyo será tu heredero v. 4, por poner su atención en el resultado y no en los medios, Abram solo podía entender los planes de Dios desde su propia realidad. 

Pero Dios le confirma que nuestra realidad no es la suya, que él va más allá de nuestras limitaciones. No es el fruto de nuestro propio trabajo lo que cambia nuestra realidad sino el poder creador de Dios. Para Abram esto tomaría 25 años en cumplirse. Pero debía ser fiel a la promesa y esperar con paciencia.

La sexta acción es concretar la visión, cumplir el sueño

Y lo llevó fuera, v. 5, 7, 9, estar afuera es salir de las limitaciones de nuestro entendimiento, es mirar la realidad completa, el alcance del poder de Dios. 

Aquí afuera Abram pudo comprobar que por la acción de Dios todo se vuelve fecundo. El se volvería fecundo como el universo es fecundo de estrellas, como la tierra es fecunda, como los animales son fecundos, y todo por el poder de Dios. 

En el ritual de confirmación del pacto, Dios no le pidió a Abram que trajera algo que él hubiera fabricado con sus propias manos. Le pidió algo que ya estaba presente: una becerra, una cabra, un carnero, una tórtola y un palomino; todo es era algo que Dios mismo había creado. 

No somos nosotros los que producimos, somos participantes activos y humildes del poder creador de Dios que está siempre presente.

La séptima acción es iluminar nuestra vida con su presencia. 

Puesto el sol, v. 17, cuando el día llegó al final, la oscuridad que llenaba el corazón de Abram se disipó con la visión de un horno humeando, y una antorcha de fuego que pasaba por entre los animales divididos. 

Esta no era una ofrenda, era una confirmación del pacto de Dios con Abram. La antorcha de fuego de la presencia de Dios disipará de nuestras mentes con su luz el temor, la incertidumbre, la fe a medias o la oscuridad que nos invada.

Sigamos esperando en las promesas de Dios sin desmayar. Pero no pongamos nuestra mirada en el cumplimiento, en el tiempo que tenga que pasar para que la promesa sea cumplida. 

La recompensa no es la promesa. Lo realmente importante es que Dios es el que cumple, y El será fiel en completar la buena obra.

(Automatic Google translated page)

domingo, 10 de marzo de 2019

La Prueba del Desierto


En algún momento en nuestro caminar de fe se nos puede presentar la tentación de darle la espalda al camino de Dios y podemos ceder a esa tentación.

La Biblia nos enseña que Jesús estuvo también sometido a estas mismas tentaciones y sin embargo, hubo algo que marcó la diferencia entre El y nosotros.

En la carta a los Hebreos, hablando acerca de Jesús como nuestro intermediario ante Dios, se nos dice que “no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”, Hebreos 4:15

Al igual que nosotros, Jesús fue tentado en todo, pero él no cedió a la tentación, no perdió su objetivo, no se salió del camino, no pecó; esa fue la diferencia.

En Mateo4:1-11 podemos ver un ejemplo del proceso de tentación de Jesús y la forma en que él enfrentó esa tentación.

Haremos bien en aprender de Jesús para que pueda decirse de nosotros lo que se afirma en Santiago 1:12 “Qué dichosa la persona que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a quienes le aman”

Según el relato bíblico, la tentación, la prueba a la que el diablo, el engañador, estaba sometiendo a Jesús era una sola: estaba probando su identidad.

Noten la forma en la que inicia cada uno de los ataques del diablo a la identidad de Jesús: v.3, si eres Hijo de Dios, convierte las piedras en pan; v.6: si eres Hijo de Dios, échate abajo desde el pináculo del templo.

En el tercer ataque la táctica cambia, en lugar de confrontar a Jesús en su identidad como Hijo de Dios, ahora lo tienta a que lo adore.

Ni el diablo es tan descarado. Hubiera sido un absurdo que le dijera a Jesús: “si eres Hijo de Dios, póstrate y adórame”. Un hijo de Dios jamás adoraría al diablo, a menos que su identidad cambie de hijo de Dios a hijo del diablo.

En el fondo, esta era la intención de la tentación, hacerle renunciar a su identidad de Hijo de Dios y mostrarlo al mundo solo como un hombre que busca comida (convirtiendo las piedras en pan para comer), como un hombre que busca la aprobación (saltando de la punta más alta del templo para que todos pudieran verlo), o como un hombre que busca poder (aceptando los reinos del mundo y la gloria para dominarlos).

¿Qué evangelio hubiera llegado a nosotros si Jesús hubiera fracasado en esta prueba a la que fue sometido?

En lugar de salvación, pan para comer; en lugar de resurrección, espectáculos, en lugar de oportunidades de servicio, búsqueda de servidores para dominarles.

Qué fácil nos resultaría a nosotros como humanos ceder a esta tentación y fallar la prueba.

Si renunciamos a nuestra identidad como hijos o hijas de Dios, ¿qué verá el mundo en nosotros una vez que la prueba pase?:

¿Una persona que solo busca el placer material y que va por la vida convirtiendo piedras en pan?

¿Una persona que busca la aprobación a tal nivel que hace todo lo posible por desviar la atención de otras personas hacia sí misma y no hacia Dios?

¿Una persona que busca el poder y que va por la vida conquistando reinos, buscando posiciones, aplastando a otras personas para llegar más lejos?

Si esto es todo lo que un hijo de Dios puede darle al mundo, ¿dónde quedan las buenas nuevas de redención? ¿Qué esperanza le queda al mundo si lo único que podemos darles es lo que este puede obtener humanamente?

Para poder enfrentar la tentación de renunciar a nuestra identidad como hijos de Dios necesitamos aplicar el Modelo de Resistencia que utilizó Jesús.

Según John Maxwell las siguientes son las estrategias de este modelo basadas en los versículos 4, 7 y 10

No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios, Mateo 4:4. Aquí hay 3 estrategias:

- Reconocer que Dios nos guiará a etapas de crecimiento, no de gratificación: si pensamos que lo único importante en la vida es convertir las piedras en pan, eliminar todos los tropiezos o calmarle el hambre a los demás, perderemos de vista las oportunidades para crecer que todas estas cosas nos presentan.

- Librar batallas y vencer la tentación de tomar atajos: el camino fácil no siempre es el mejor camino. El camino angosto conduce a la vida eterna, y esto es porque al transitarlo aprendemos.

- Aprender la disciplina y el arte de depender de Dios: la disciplina requiere dedicación, constancia, perseverancia; el arte requiere motivación, entrega, creatividad, y todo esto junto nos ayuda a depender de Dios, cuando las circunstancias parecen decirnos todo lo contrario.

No tentarás al Señor tu Dios, Mateo 4:7, aquí tenemos una estrategia.

- Eliminar la autosuficiencia y la autopromoción. Lánzate, que otros te vean, Dios está contigo, lúcete, demuéstrales la consagración que tienes, que gran creyente eres. No necesitamos poner a prueba a Dios. Sus promesas son para que podamos acercarnos a él, creer en él y esperar en sus cuidados. Si alejamos nuestra atención o la atención de otras personas a algo que no sea esto estamos cediendo a la tentación y alejándonos del camino.

Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás, Mateo 4:10. Aquí vemos las últimas tres estrategias del modelo de resistencia a la tentación.

- Solidificar nuestro sentido de misión:  este es nuestro motivo principal, nuestro único propósito real de vida, nuestra verdadera misión: adorar a Dios y servirle.

- Ganar perspectiva: no la perspectiva de estar en un monte alto, y ver todos los reinos del mundo y la gloria de ellos. La tentación nos hace creer que esto es nuestro. La perspectiva correcta es entender que todo pertenece a Dios: no es mi trabajo, no es mi familia, no son mis hijos, ni siquiera es mi iglesia. Todos estos reinos son de Dios, el sustenta todo esto, él lo sostiene, él lo da.

- Estar preparados para entrar en nuestra vocación: todo lo que hacemos, por más sencillo que parezca, es una oportunidad que Dios nos da para servirlo. Le servimos cuando hacemos bien nuestro trabajo, como obreros que no tienen de que avergonzarse.

En el relato de Lucas de este evento, nos dice que “cuando el diablo hubo acabado toda tentación, se aparto de él, de Jesús, por un tiempo”.

¿Cuánto tiempo pasará antes de que estemos otra vez en el desierto de la prueba y nos llegue nuevamente la tentación de olvidarnos de nuestra identidad como hijos e hijas de Dios?

Tal vez no mucho. Tal vez la tentación esté ahora en nuestras mentes, es ahí donde el engaño llega primero. Pero recordemos que todo lo que necesitamos saber para enfrentar esa tentación ya “está escrito”.

Tres veces respondió Jesús con esas palabras y al hacerlo nos enseña que no es nuestra lucha, que no tenemos que fracasar en la prueba, que no tenemos que ceder a la tentación. 

Como nos lo recuerda Pablo, “ustedes no han pasado por ninguna prueba que no sea humanamente soportable. Y pueden ustedes confiar en Dios, que no los dejará sufrir pruebas más duras de lo que pueden soportar. Por el contrario, cuando llegue la prueba, Dios les dará también la manera de salir de ella, para que puedan soportarla”. 1 Corintios 10:13

domingo, 3 de marzo de 2019

Transfiguración no Desfiguración


Hoy estamos celebrando lo que se conoce como Domingo de la Transfiguración, que es el último domingo antes de la temporada de pascua.
De acuerdo con el relato de Lucas 9:28-36 la transfiguración fue un evento cuya intención era que se grabara profundamente en los corazones de quienes presenciaron este evento y de alguna manera transfigurar sus corazones también.
Hay por lo menos cinco elementos relacionados a la Transfiguración de Jesucristo y mientras reflexionamos en estos cinco elementos pidámosle al Señor que transfigure también nuestros corazones.
Primeramente, la Transfiguración requirió de un ambiente propicio (Lucas 9:28). (Llamado)
28 “Aconteció como ocho días después de estas palabras, que tomó a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar.”
Los grandes cambios en la vida de las personas deben empezar a nivel espiritual. Según lo narrado en este versículo los discípulos que presenciaron este evento fueron escogidos por el Señor (Pedro, Jacobo y Juan). De doce discípulos solo tres son llevados con El.
Cuán ciertas resultan las palabras del Señor cuando afirma que “muchos son los llamados y poco los escogidos”. Pero es importante recordar que las personas que el Señor escoge no son siempre los más dignos.
El pasaje bíblico en Lucas nos presenta a unos discípulos temerosos, impulsivos, ignorantes y adormecidos. Pero aun con estas faltas son escogidos para ver la gloria de Jesucristo.
El otro elemento de este ambiente propicio fue la oración. Es esa oración humilde y sin pretensiones del creyente que reconoce sus limitaciones y se abre al poder ilimitado de Dios.
En segundo lugar, la Transfiguración reveló el verdadero carácter de Cristo, Lucas 9:29.  (Revelación)
29 Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente.”
Muchas veces Jesús les había preguntado a sus discípulos que concepto tenían ellos y el pueblo acerca de su persona. Pero esta vez, ya no les preguntó, sino que les dio una manifestación práctica de su esencia divina y su carácter mesiánico.
El relato bíblico presenta a un Jesús transfigurado, con rostro resplandeciente y vestiduras brillantes. Esa blancura y brillo son propios de seres del cielo y esto se evidencia en Jesucristo plenamente. Juan, quien estaba presente en esta visión que le hablaba del Mesías sufriente sería testigo después de otra visión en la que Cristo, en una transfiguración eterna, se presentaría como el Mesías Victorioso.
En tercer lugar, la transfiguración requiere de testigos, Lucas 9:30-33. (Testimonio)
30 Y he aquí dos varones que hablaban con él, los cuales eran Moisés y Elías; 31 quienes aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén. 32 Y Pedro y los que estaban con él estaban rendidos de sueño; mas permaneciendo despiertos, vieron la gloria de Jesús, y a los dos varones que estaban con él. 33 Y sucedió que apartándose ellos de él, Pedro dijo a Jesús: Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, una para Moisés, y una para Elías; no sabiendo lo que decía.”
El relato bíblico nos afirma que Moisés y Elías estuvieron presentes junto a Cristo en la transfiguración.
La presencia de estos dos personajes antiguos simboliza el respaldo de la Ley (Moisés) y los profetas (Elías) al carácter mesiánico de Jesús.
Pero un testigo debe ser fiel a la persona de quien testifica. Es por esto por lo que se afirma en Lucas 9:33 que Pedro no sabía lo que decía cuando sugirió hacer enramadas (cabañas o tiendas) para Moisés, Elías y Jesús.
Una enramada sugería la idea de una estancia, un resguardo, una continuidad, y al plantearlo, Pedro estaba sugiriendo la igualdad entre estos tres personajes. Estaba desfigurando la transfiguración, pues estos personajes no son iguales, como dice Hebreos 3:3-6, “mayor honra tiene el que hizo la casa (Jesús), que la casa misma (Moisés o Elías).
Más adelante, ahora sí sabiendo lo que decía, Pedro puede entender que la gloria del Señor debe perpetuarse, no en enramadas pasajeras, sino en la eternidad de un corazón rendido a Dios, 2 Pedro 1:16-18: “16 Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. 17 Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. 18 Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo.”
En cuarto lugar, la transfiguración conlleva un mandato, “A El oíd”, Lucas 9:34-35. (Mandato, Obediencia)
34 “Mientras él decía esto, vino una nube que los cubrió; y tuvieron temor al entrar en la nube. 35 Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd.”
La voz de los cielos que los discípulos escuchan es la clave para entender este evento.
La voz presenta a Jesús como el Hijo amado de Dios, como el Mesías prometido y esperado.
La voz hace una aplicación práctica de este evento espiritual: es a Jesús a quien tenemos que escuchar en medio de toda manifestación que Dios quiera hacer de sí mismo.
Por último, la transfiguración demanda un cambio en las personas que la presencian, Lucas 9:36. (Cambio)
36 “Y cuando cesó la voz, Jesús fue hallado solo; y ellos callaron, y por aquellos días no dijeron nada a nadie de lo que habían visto.”
Por definición, transfigurar significa “hacer cambiar de forma a una persona”.
La transfiguración nos permite comprender el alcance de la obra de Dios en nosotros.
A igual que a estos discípulos escogidos para ver su gloria, la presencia iluminadora de Cristo nos transfigura a nosotros constantemente, esta vez envueltos nosotros en medio de la luz de gloria de Dios.
El pecado nos impide disfrutar de la gloria transformadora de Dios (nos desfigura, nos hace perder la forma), pero Jesús nos restaura para poder disfrutar de esa gloria (nos transfigura, nos cambia de forma).
Hoy es el día de decisión. Tú escoges si quieres vivir desfigurado por el pecado o transfigurado por la gloria de Dios en tu corazón.

domingo, 27 de enero de 2019

Una Llave para 7 Puertas


El ropero viejo de mi abuelo Godofredo lo tenía yo como herencia en mi cuarto cuando era un muchacho de escuela. 

Era un mueble café oscuro con una cerradura que requería una llave como la que se muestra en la imagen arriba

Era algo mágico, me impresionaba mucho y aún ahora, que el tiempo ha pasado, todavía recuerdo con agrado cuando buscaba la llave para abrir el ropero viejo de mi abuelo.

En una ocasión, Jesús les hizo un reclamo a unas personas precisamente por una llave. 

Lucas 11:52 nos dice que Jesús se dirigió a estas personas y les dijo: “¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley! porque habéis quitado la llave de la ciencia; vosotros mismos no entrasteis, y a los que entraban se lo impedisteis.”

Si el Señor estuviera dirigiendo estas palabras a alguno de nosotros hoy en día sonaría algo así: “Ten cuidado, tomaste la llave del conocimiento, pero en lugar de abrir puertas las cerraste. Ni entraste tú, ni dejaste que entrara tu hermano, o tu hermana.”

En el Antiguo Testamento se nos presenta la historia de un hombre muy diferente a los intérpretes de la ley que mencionó Jesús. 

Este hombre encontró la verdad y la convirtió en una llave para abrir 7 puertas, que al ser abiertas, le permitieron, a él y a todas aquellas personas que las abrieron, entrar a una nueva realidad en su relación con Dios.

Veamos su historia en Nehemías 8:1-3, 5-6, 8-10

El personaje principal de esta historia, el héroe, por decirlo así, es un escriba y sacerdote llamado Esdras que vivió en el siglo V a.C.

Su nombre significa “al que Dios ayuda”, y como Dios nos ayuda también a nosotros, su historia puede ser nuestra historia, y sus acciones nuestras acciones.

El evento que se describe en este pasaje está ocurriendo a mediados de septiembre del año 445 a.C. (el día 1 del mes 7 como dice en el versículo 2, de acuerdo al calendario Hebreo corresponde aproximadamente al 15 de Septiembre).

La reconstrucción externa de la ciudad de Jerusalén había terminado ya, después que los exiliados en Babilonia regresaran a su tierra natal y emprendieran esta tarea que duró 52 días, (Nehemías 6:15).

Pero como sabemos, no basta solamente con el cuidado externo de las cosas, también es muy importante el cuidado interno. 

Si no hacemos ese cuidado interno, corremos el riesgo de convertirnos como decía el Señor, en sepulcros blanqueados, bellos por fuera, pero inmundos por dentro.

Así que, en un verdadero avivamiento para renovar la fe del pueblo, Esdras le presenta a este pueblo una llave, el Libro de la Ley, la Palabra de Dios.

Ese avivamiento espiritual vino en respuesta a la lectura que Esdras hizo de "el Libro de la ley de Moisés" y el avivamiento produjo que todos prestaran atención cuidadosa a la lectura de la Palabra de Dios para cumplir su voluntad.

Para que este avivamiento ocurriera fue necesario que siete puertas se abrieran.

Mientras reflexionamos en este pasaje desde la perspectiva, o sea, desde la comparación que hacemos del Libro de la Ley, de la Palabra de Dios, con una llave, pensemos en las elecciones o decisiones que podemos tomar y los cambios, las acciones, que esas decisiones nos llevan a realizar y póngale fecha.

1.- La puerta de los pies, Nehemías 8:1

Cuando esta puerta se abre, ocurre lo que nos dice en Nehemías 8:1: nos juntamos todos como un solo “hombre”, en unidad total, en el lugar de reunión, frente a la Puerta de las Aguas. 

Esto es lo que hace la palabra de Dios en nuestros pies, que representan nuestros pasos, nuestras decisiones, hacia dónde nos encaminamos. Cambia nuestro rumbo y nos conduce por la senda recta, al encuentro con el Agua Viva, con nuestro Salvador. 

¿Qué decides hacer y cuándo lo vas a hacer?

2.- La puerta de la mente, Nehemías 8:2, 8

Abrir la puerta de la mente, es abrir nuestro entendimiento, y esto es lo que hace la Llave de la Palabra de Dios. 

Cuando no entendamos algo, y esto aplica en todas las áreas de la vida, no nos quedemos con la duda, preguntemos, investiguemos, averigüemos. No nos conformemos solamente con decir: “No lo entiendo, ahí lo dejo, no puedo hacerlo.” 

La Palabra, el Verbo, está delante de nosotros, que somos la congregación de Dios, somos los que podemos entender, y esto nos incluye a todos, porque Dios es el que nos ayuda. 

Este entendimiento, que significa comprensión, es el resultado de leer la Palabra o escuchar la voz de Dios con la actitud del versículo 8: leer en el libro claramente, poniendo todo el sentido, entendiendo la lectura. 

¿Qué decides hacer y cuándo lo vas a hacer?

3.- La puerta de los oídos, Nehemías 8:3

Esta es otra puerta que la llave de la Palabra debe abrir. La Biblia declara que la fe es por el oír, y el oír por la Palabra de Dios. Y no es por cualquier oír. Oír más chismes no nos da más fe. Oír canciones con valores contrarios a la fe, no nos más produce más fe. 

La fe viene cuando oímos la palabra de Dios. Hay dos formas de oír en este pasaje: la una es desde el alba hasta el mediodía, desde que sale el sol hasta su punto máximo, cuando hay suficiente luz, y la otra es con oídos atentos. 

Esto significa que debemos relacionarnos con la Palabra de una forma constante, con interés, con disposición, con atención. No todas las personas pueden leer la Biblia en las horas claras del día, muchas lo hacen de noche, al final del día, no hay problema con esto. 

La idea es buscar la palabra para alcanzar claridad, “lámpara es a mis pies tu palabra y lumbrera a mi camino”. 

¿Qué decides hacer y cuándo lo vas a hacer?

4.- La puerta de los ojos, Nehemías 8:5

Esta es la puerta que tiene que ver con nuestra visión, la atención que viene por el ver, como la visión del centurión ante la cruz, que, al ver a Jesús, el Verbo en lo alto, pudo declarar: “este verdaderamente era el hijo de Dios”. 

Aquí Esdras pone en alto la Palabra, para que el pueblo la vea, y al abrirla, el pueblo estuvo atento, a la expectativa, buscando la verdad que nos llega cuando no la ocultamos o la reducimos a nada. 

¿Qué decides hacer y cuándo lo vas a hacer?

5.- La puerta de las manos, Nehemías 8:6

Esta puerta representa todo lo que realizamos con las manos: el esfuerzo, el trabajo, las acciones concretas. La palabra de Dios extiende nuestras manos para dos propósitos: para alzarlas al bendecir a Dios; “Dios es grande, sí, amén, amén, así es” y para sostenernos cuando nos inclinamos ante el en humildad y adoración inclinados a tierra, símbolos de que nuestras palabras deben ir acompañadas de acciones que las igualen. 

Si una persona declara que Dios es grande, esa persona no se hace grande a sí misma. Esa persona alza sus manos bien alto, porque esa es la grandeza que reconoce, y esa persona se humilla, se postra, se inclina hasta la tierra y desde allí adora.
¿Cuáles son las acciones que acompañan nuestras palabras? No hablemos sin acompañar nuestras palabras con las manos, con acciones claras.

¿Qué decides hacer y cuándo lo vas a hacer?

6.- La puerta del corazón, Nehemías 8:9, 10b

La tristeza del pueblo al llorar oyendo las palabras de la ley representa al corazón que es abierto por esa palabra que llega hasta lo más profundo. 

Si nuestro corazón se ha endurecido tanto que nos duele el mal que hacemos, necesitamos urgentemente que la poderosa llave de Dios nos abre el corazón de par en par y nos transforme. 

No tengamos vergüenza de llorar cuando la palabra de Dios nos confronte, porque, como le dijo Esdras al pueblo, “el gozo de Jehová es vuestra fuerza”. En la psicología de Dios, el gozo viene después de la tristeza.

¿Qué decides hacer y cuándo lo vas a hacer?

8.- La puerta del Vientre, Nehemías 8:10a

Al final, cuando la llave de la palabra había abierto ya seis puertas: los pies, la mente, los oídos, los ojos, las manos y el corazón, Dios abre la puerta del Vientre a través del sentido del gusto. 

La perspectiva que esta imagen nos ofrece es la de aprender a deleitarnos en el banquete espiritual que Dios nos ofrece: “los mejores trozos de carne y el vino dulce”, símbolos de su gran bendición para nosotros. 

Cuando Dios abre esta puerta en nuestras vidas podemos decir de su palabra con toda seguridad: “Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; Y dulces más que miel, y que la que destila del panal.”

¿Qué decides hacer y cuándo lo vas a hacer?

Conclusión

Vengamos hoy frente a la Puerta de las Aguas, frente a la palabra de Dios que fluye en nosotros y permitamos que como una llave, esa palabra abra todas las puertas en nuestra vida que deben permanecer abiertas para que esa palabra pueda ser oída, y que al oírla nuestra fe se fortalezca.