La paz que se rompe cuando dejamos de callar
Hay silencios que cuidan. El que acompaña a una persona triste sin pedirle explicaciones. El que nos permite escuchar una respuesta antes de preparar la nuestra. El que evita convertir cada desacuerdo en una batalla. Y hay silencios que, con el paso del tiempo, van pidiendo una factura distinta: conservan la apariencia de la armonía mientras ciertas experiencias quedan fuera de lo que se puede nombrar. Desde afuera se parecen mucho. Quizá por eso cuesta tanto reconocer cuándo uno ha dejado de ser cuidado y ha empezado a parecerse al miedo. La vida interior no se mide por el volumen de lo que decimos. Una persona puede hablar sin descanso y evitar lo importante; otra puede necesitar meses para encontrar palabras. La cuestión no es si guardamos silencio, sino desde dónde lo hacemos y a qué sirve. ¿Podemos elegir callar libremente o tememos que, si hablamos con honestidad, dejaremos de tener un lugar entre los nuestros? Cuando la pertenencia pone condiciones a la verdad Pertenecer nos sos...