lunes, 30 de julio de 2018

Hambre de la Plenitud de Dios


¿Se siente usted completo o completa? ¿Tiene momentos en los cuales se siente vacío o vacía? ¿Tiene una sensación de que algo le falta? ¿De que no hay plenitud?

Si estuviéramos hablando de comida, generalmente, esto es lo que sentiríamos si nos sentáramos a la mesa y solo nos sirvieran un plato pequeño de ensalada. Nos quedaríamos vacíos y, por lo tanto, insatisfechos. Solo podemos decir que estamos satisfechos cuando nos sentimos llenos. A esa sensación de llenura le llamamos plenitud.

En su sabiduría, Dios desarrolló en nosotros este deseo por la comida para asegurar nuestra supervivencia. Por eso, aunque hoy me pueda sentir satisfecho, lleno y en plenitud, mañana y pasado mañana, y a lo largo de toda la vida, me volveré a sentir vacío, y estaré en este ciclo de sentir hambre para comer y después sentirme saciado. Y esto es completamente normal y necesario.

Ahora, llevemos esto a nuestra vida laboral, familiar, emocional, o espiritual y hagamos otra vez la misma pregunta con un pequeño giro: ¿Tengo hambre en estas áreas para sentir plenitud, satisfacción y llenura después de satisfacer esa hambre? ¿Tendremos en estas áreas un mecanismo como el del hambre física que nos impulse a saciarnos? Lo hay, pero a veces no lo usamos.

Jesús dijo que aquellas personas que tuvieran hambre y sed de justicia serían muy felices porque Dios las saciaría, les daría plenitud, las haría sentirse llenas y satisfechas.

Muchas personas se han acostumbrado tanto a las experiencias negativas de sus vidas, o al dolor o al sufrimiento, que se han olvidado de sentir hambre y sed de justicia.

Ya no quieren, o no pueden, o no saben, cómo sentir hambre de lo de lo que es justo para ellos o para los demás; ya no anhelan, ya no anticipan, ya no sueñan, ya no esperan, creen que ya no merecen. Y al no sentir hambre, no pueden sentirse llenos, satisfechos y en plenitud, porque ya no hay nada que saciar.

¿Cómo podemos tener hambre en todas las áreas de nuestras vidas y poder experimentar la plenitud de Dios, la sensación de que Dios nos sacia, nos llena en cada una de esas áreas?

Efesios 3:14-21 nos ofrece cuatro formas de hacerlo


1. Tengo hambre y sed de justicia cuando pido ser fortalecido con poder en el hombre interior: Pablo reconoce que dependiendo de la condición en la que se encuentre el hombre interior, así será el triunfo o el fracaso en la vida de los creyentes. Un ser interior fortalecido asegura una vida de victoria y de entusiasmo. La oración significa: dame fuerzas desde adentro, desde donde está lo que verdaderamente soy con todos mis temores y vergüenzas, traumas y vivencias, luz y oscuridad, recuerdos y experiencias, y desde allí dame tu plenitud para extenderme a lo ancho, a lo largo, a lo alto y a lo profundo.


2. Tengo hambre y sed de justicia cuando pido que habite Cristo por la fe en mi corazón: por medio de la fe podemos recibir la presencia total de Cristo en nosotros pudiendo así vivir una vida fortalecida y llena de las riquezas de Dios. Orar así busca hacernos sentir hambre de que los pensamientos de Cristo llenen mis pensamientos, de que su mente sea mi mente. Y con estos nuevos pensamientos, ensanchar mi mente, pensamientos anchos, largos, altos y profundos, sin limitaciones, totalmente libres. No esos pensamientos que nos limitan, que nos estancan, que estorban nuestro crecimiento, mentiras que nos hemos creído y que lo único que hacen es llenar nuestra mente de todo menos de lo que realmente es importante, Cristo.

3. Tengo hambre y sed de justicia cuando pido que esté arraigado y cimentado en el amor: A través del amor es que podemos dejar de ser egoístas. El egoísmo es la fuente de donde se nutre la rebeldía que nos hace pecar. Pero las raíces y los cimientos nos hablan de la profundidad a la que debe llegar la realidad del amor en nosotros: a nuestro corazón. Un corazón lleno de amor se reflejará externamente en una vida que se asemeja más a la vida de Cristo en servicio, misericordia y demás frutos del Espíritu. Las raíces se refieren al hecho de que somos labranza de Dios, somos el campo de cultivo de Dios, y el desea que echemos raíces y que crezcamos. El cimiento se refiere a que somos edificados por Dios, con bases fuertes y con materiales de construcción apropiados. En estas dos imágenes vemos claramente la revelación de las dimensiones de Dios mencionadas en Efesios 3:18. La semilla es sembrada y empieza a crecer en profundidad y después en altura, las dimensiones verticales. Luego continúa creciendo en anchura y a lo largo, con ramas extendidas y gruesas, las dimensiones horizontales.
Lo mismo sucede con el edificio. Se ponen las bases el cimiento, que debe ser profundo para que sostenga el peso. Ladrillo a ladrillo o tabla a tabla el edificio va adquiriendo altura, y se expande a lo ancho y a lo largo, y la obra se completa y cumple su propósito.

4. Tengo hambre y sed de justicia cuando pido que comprenda y conozca la plenitud y el amor de Cristo en todas sus dimensiones: al conocer la plenitud y el amor de Dios en todas sus dimensiones podremos ofrecer nosotros también un amor en esas dimensiones: sin prejuicios, sin limitaciones, sin reservas, y sin contemplaciones. El amor de Dios solo se lo puede conocer cuando lo experimentamos amando.
Este último punto es un ejemplo de un área específica de nuestra vida a la cual tenemos que llevar la plenitud de Dios.

En el pasaje se mencionan otras áreas que pueden conocerse también desde la plenitud de Dios: sus riquezas en gloria, la fortaleza del ser interior, la fe, el conocimiento, la plenitud de Dios, la abundancia, el poder.

¿Cómo se verían nuestras familias con la plenitud de Dios? ¿Cuáles serían las perspectivas que harían que nuestras familias se sientan satisfechas, llenas, saciadas?

¿Cómo sería mi vida con la plenitud de Dios? ¿Cuáles serían las perspectivas que harían que me sintiera satisfecho, lleno, saciado?
Meditemos en estas preguntas y permitamos que la plenitud de Dios empiece a manifestarse completamente en nosotros.


domingo, 22 de abril de 2018

Como desarrollar un amor ejemplar



1 de Juan 3:16-24 nos presenta, a través de cinco pasos, el reto de desarrollar un amor ejemplar imitando el modelo del amor de Jesús por nosotros. 
Presione -->aquí<-- para descargar una plantilla de trabajo para el Reto del Amor Ejemplar. 
Un video de la presentación completa se encuentra ->aquí<-

1.- Amamos de una forma ejemplar cuando imitamos el modelo original, 1 Juan 3:16
“En esto hemos conocido el amor, en que él, [Jesús], puso su vida por nosotros, también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.”

Un amor basado en el modelo de Jesús es un amor de renuncia, de entrega, aún de la propia vida, ser capaces de poner nuestra propia vida por amor a otros.

A estos otros, el Apóstol Juan les llama nuestros “hermanos”. Y cuando estemos dispuestos a dar nuestra propia vida en beneficio de nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros padres, nuestros cónyuges, estaremos siguiendo el ejemplo de Jesús que sin ninguna reserva se dio a sí mismo en rescate de muchos.

2.- Amamos de forma ejemplar cuando abrimos el corazón a las necesidades de otras personas. 1 Juan 3:17
“Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?”

Tener bienes de este mundo podemos entenderlo también no solo como las posesiones materiales sino como todo aquello que el mundo valore o que sea importante. 

De acuerdo a Abraham Maslow, los seres humanos tenemos 5 clases diferentes de necesidades que deben ser saciadas: necesidades físicas (alimento, abrigo, una casa), necesidades de seguridad (orden, estabilidad, protección, apoyo, un empleo), necesidades de pertenencia (una relación, un hogar, ser parte de algo, casarse, tener una familia, padres, pareja); necesidades de reconocimiento (atención, buen trato, cosas que eleven la autoestima y la moral propia, confianza, reputación) y necesidades de autorrealización (desarrollo de lo interno, los valores, la espiritualidad, el propósito en la vida). 

Saber cómo suplir estas necesidades es tener bienes de este mundo. Cerrar el corazón al hermano en necesidad puede significar que no tenemos interés en como suplir todas estas necesidades, o que no sabemos cómo suplirlas para no hacemos nada para aprender cómo hacerlo.

3. Amamos de una forma ejemplar cuando presentamos el amor con palabras y lo materializamos con acciones. 1 Juan 3:18
“Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.”

El texto no implica que usted no comunique el amor que siente por los suyos. Las palabras son importantes. Lo que el texto implica es la necesidad de materializar esas palabras de una forma concreta.

Presentar el amor con palabras es por ejemplo decirle a una persona significativa en nuestra vida: tú eres muy importante en mi vida, y te amo con un amor muy profundo.  

Pero amar de hecho y en verdad es materializar esas palabras de amor, es demostrar esa importancia y esa profundidad de una manera concreta, con un acto de amor que confirme eso y no que lo contradiga.

Si una persona es importante para mí le dedicaré tiempo, le atenderé, le escucharé, le prestaré atención, me interesaré por sus problemas y le ayudaré a encontrar soluciones.

Si amo a alguien de una forma profunda no le dejaré en abandono cuando soplen malentendidos, diferencias de opinión o contradicciones.

La profundidad del amor sostiene todo esto y lo vence. La verdad del amor, y amar de verdad, es que a pesar de que se presenten situaciones que amenacen ese amor, este permanecerá.

4.- Amamos de una forma ejemplar cuando amamos con una conciencia tranquila. 1 Juan 3:19-21
“Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él; pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas. Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios.”

Amar con un corazón que no nos reprenda, o sea, amar con una conciencia tranquila, significa que no tendremos culpas, que no sentiremos vergüenza delante de Dios, delante de uno mismo, o delante de las demás, porque nuestros actos de amor serán realmente actos de amor y no de manipulación, de sacar provecho de otros, de obtener beneficios para nuestra vida sin importarnos el bienestar de los demás.

Una vez que la falsedad mancha el amor, habremos sustituido el amor por el odio, por la indiferencia, o por la apatía. Ninguno de estos actos son actos de amar.

Estar con la conciencia limpia delante de Dios significa que hemos analizado nuestros motivos al amar a los demás y hemos sacado todo aquello que tenga apariencia de amor.

5.- Amamos de una forma ejemplar cuando convertimos el amor en un mandamiento y no en un sentimiento, 1 Juan 3:22-24
y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él. Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado. Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado.”

Amar solo por sentimiento nos puede dejar con una sensación de vacío cuando ese amor no es correspondido o cuando la otra persona no responde a nuestro afecto con la misma intensidad.

Hacer del amor un mandamiento nos conectará con la voluntad de Dios que es amarlo a El y creer en su Hijo y que nos amemos unos a otros.

Esto es lo que a Dios le agrada y El promete que al obedecerlo abriremos una puerta para su bendición en nuestra vida. Dios se encargará de que el amor que expresamos no vuelva vacío y como Dios es el pone el querer como el hacer en los corazones, el hará que la otra persona sienta y haga esto mismo y entonces el círculo del amor se completará.

Cuando usted ama sin esperar nada a cambio, sea esto reconocimiento, gratitud, aprecio, respeto, aceptación o valoración, tendrá la capacidad de amar en profundidad, siguiendo el modelo de Cristo y permaneciendo en Dios y Dios en usted.

La bendición que viene después es que Dios hará que los demás respondan a su amor con gratitud, con aprecio, con respeto, con aceptación o con valoración.

Esto es lo ejemplar de esta clase de amor.

domingo, 11 de diciembre de 2016

No Aprisiones tu Fe

Sermón para el tercer domingo de Adviento
Texto Bíblico: Mateo 11:2-11

En el texto bíblico de la semana pasada (Lucas 3:1-18), el Apóstol San Lucas nos mostró cómo Juan el Bautista preparaba el camino del corazón del mundo para la venida del Señor.

En el pasaje de esta semana, El Apóstol San Mateo nos muestra cómo Jesús prepara el camino del corazón del hombre para su venida.

Es que la Navidad puede verse como un camino de dos vías en el encuentro con el Salvador.

Por un lado, así como vino la Palabra de Dios a Juan el Bautista en el desierto y lo convirtió en mensajero, así viene Dios a nosotros, Navidad es Emmanuel.

Por otro lado, aunque estemos presos, nosotros venimos a Dios a través de la obra redentora del Salvador, Navidad es Jesús.

El mensaje de la Navidad incluye no solamente la imagen de un niño en el pesebre, de los magos de oriente ofreciendo tributos al nuevo rey, o de los pastores y los ángeles elevando alabanzas; sino que es también un poderoso mensaje de liberación que puede empezar hasta en una cárcel.

Para la reflexión de hoy vamos a imaginarnos esta lectura como un drama navideño de tres escenas.

Escena I, Juan el Bautista aparece en una cárcel y le envía una pregunta a Jesús, Mateo 11:2-3

Lo que se narra en esta primera escena del drama, no tiene sentido, al menos aparentemente, si lo comparamos con el relato de la semana pasada.

Aquel quien anteriormente había dicho: “viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.”, está ahora en una cárcel y desde allí le manda a preguntar a Jesús:

¿Eres tú aquel que había de venir o esperaremos a otro?

Si se hubiera dignado a desatarle a Jesús la correa de las sandalias lo hubiera reconocido al menos por los pies cuando lo bautizó y hubiera recordado que “el cielo se abrió y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma; y que vino una voz del cielo que decía: «Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.»

En cuanto al asunto de la cárcel Lucas 3:19-20 nos explica que fue lo que sucedió:

“Entonces Herodes el tetrarca, siendo reprendido por Juan a causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano, y de todas las maldades que Herodes había hecho, sobre todas ellas, añadió además esta: encerró a Juan en la cárcel.”

¿Pero en cuanto a la pregunta? ¿Cómo podemos explicar que de los labios del profeta que anuncia su venida puedan fluir palabras que lo niegan?

Porque esa pregunta sonaría en nuestros días como algo así: “Señor, ahora que me encuentro en este encierro, encrucijada, camino sin salida, me cuentan otros todo lo que tú haces en favor de ellos, pero yo sigo igual y el temor de lo incierto me inunda. ¿Eres real? 
¿Eres Dios? ¿Puedo seguir confiando en ti o tendré que poner mi confianza en otro lado?  

El mensaje de Navidad que la sociedad nos vende en esta temporada, o el bombardeo constante durante el resto del año, puede llevarnos a hacernos esta pregunta también, o para muchos, hacerles olvidar completamente la realidad del mensaje de la Navidad.

Si en el desierto y junto al Jordán, Juan fue un modelo del profeta que proclama; en la cárcel viene a ser un modelo de la persona que, habiendo perdido la libertad, pierde también la confianza y permite que la duda se instale también en el encierro.

El hecho de que Juan pase de la proclamación del desierto a la pregunta de la cárcel es un reflejo de nuestra propia condición, nuestra propia fragilidad.

La palabra de Dios vino a Juan en el desierto, pero conviene preguntarnos si el corazón de Juan vino a la Palabra de Dios, si la entendió.

De ahí la recomendación de “ocuparnos de nuestra salvación con temor y temblor” y la comparación de nosotros con la flor del campo que hoy es y mañana desaparece.

Aparte de la duda en la cárcel hay algo positivo en la actitud de Juan que podemos resaltar: aún en medio de la cárcel y con sus dudas, Juan todavía oía los hechos de Cristo, lo que le venían a contar que Jesús hacía.

En este sentido, la prisión se convierte entonces en un símbolo de introspección, de búsqueda interna, de detención del paso del tiempo por un momento.

Es una forma de parar el correr de las horas para aprender a escuchar; una forma de detener nuestro andar para comprobar si lo que enseñamos está teniendo un impacto en nuestra propia vida.

Pero lo que oigamos o estemos dispuestos a oír marcará una gran diferencia en lo que aprendamos en nuestros momentos de encierro.

Lo que debemos oír son los hechos de Cristo. Pero esos hechos adquirirán más sentido cuando aprendamos a identificarnos con ellos.

El hecho de estar encarcelado, privado de su libertad, permitió que Juan el Bautista pudiera entender mejor el mensaje de liberación a los cautivos que Jesús vino a proclamar.

La semana pasada dejamos a Juan preparando el camino al Mesías, desde afuera, desde el desierto y las orillas del Jordán, para otros.

En este pasaje lo vemos preparando el camino al Mesías, pero esta vez desde adentro, en una cárcel, para él mismo.

En el desierto, Juan proclama, anuncia, revela para que otros oigan. En la cárcel es el turno de Juan de oír para que la proclamación, el anuncio, la revelación, llegue a él.

Cuando proclamamos el mensaje del Evangelio, debemos procurar que llegue a otros pero que también llegue a nosotros mismos.

Podemos proclamar lo que aprendemos, pero nuestras palabras tendrán más fuerza si proclamamos lo que vemos y oímos.

Antes de cerrar el telón de la primera escena conviene que nos hagamos las siguientes preguntas:

¿Cuál es nuestra cárcel?
¿Cuándo nos sentimos encerrados, prisioneros?
¿Llegamos a la “cárcel” por nosotros mismos o por otros?
¿Cuestionamos la realidad de Jesús en esos momentos?
¿Qué estamos dispuestos a oír? ¿Nuestras propias dudas? ¿El ruido externo?
¿Cómo recibimos los hechos de Jesús?

Escena II, Jesús responde la pregunta de Juan, Mateo 11:4-6

En esta segunda escena del drama navideño del profeta del desierto, Jesús le envía la respuesta que Juan necesitaba para calmar su corazón atribulado.

No hay reprensión en sus palabras, ni reclamo, ni reproche. Solo un dulce recordatorio de la realidad de sus acciones y del cumplimiento de la espera.

Juan era el mensajero que preparó el camino delante del Señor y ahora Jesús le envía a Juan sus mensajeros para prepararle el camino de vuelta al Señor.

La Navidad es un mensaje de reconciliación y no puede haber reconciliación sin proclamación, sin el anuncio de las buenas nuevas.   

Por esto, la respuesta que Jesús le envía a Juan inicia con las mismas dos palabras con las que inicia la Gran Comisión: Id y Haced…

El mensaje de la Gran Comisión es también un mensaje de reconciliación: “Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado.”

Pero la respuesta de Jesús también incluye lo que podemos llamar la Comisión Personalizada: “Id y haced saber a Juan las cosas que oís y veis”

Las buenas nuevas de la reconciliación, el anuncio del nacimiento del Salvador, que se proclama en Navidad incluye la visión general de la Gran Comisión, el mensaje a las naciones y también incluye la visión personal de “id y haced saber a Juan”, a Pedro, a José, a Guadalupe, a Julia, a Ramón, lo que oímos y lo que vemos cuando nos sumergimos en las obras que Jesús realiza en nuestra propia vida.

Porque estas personas, al igual que Juan, se encuentran prisioneras en sus propias cárceles, creadas por ellas mismas o por otros, sumergidas en las dudas y el dolor, la frustración y la incertidumbre o en el vacío de una vida sin Dios y sin el consuelo de la salvación de sus pecados.

Estas personas también se han hecho la misma pregunta que se hizo Juan y necesitan por lo tanto la misma respuesta que recibió el mensajero de Dios.

Tengamos presente, que cuando le hacemos una pregunta a Dios, puesto que Él conoce las intenciones de nuestro corazón, su respuesta no se limitará a lo que le hemos preguntado, sino que irá a la raíz de nuestra verdadera necesidad.

Una simple respuesta de Jesús, a la pregunta: ¿Eres tú aquel que había de venir o esperaremos a otro? hubiera sido: “Sí lo soy, ya no esperes más”.

Pero en su respuesta, Jesús quiere mostrarle a Juan, que el problema no es la cárcel en la que se encuentra, como tampoco lo son las cárceles circunstanciales que nos toca enfrentar en nuestra vida, sino en el permitir que la cárcel aprisione la fe.

Esta es la idea que se presenta en Mateo 11:6, “Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí”; o, en otras palabras, ¡qué dichosas!, ¡qué felices son las personas que no dudan de mí!

Es como si de una forma personal Jesús le dijera a su primo:

“Juan, no aprisiones tu fe. Es tu cuerpo el que está en la cárcel y tal vez tus emociones, pero no tu mente ni tu espíritu. A ese nivel sigues libre. Date cuenta de lo que te encierra y libérate. Herodes solo encerró tu cuerpo, pero tú eliges que más quieres mantener en la oscuridad del encierro.

Juan, la cárcel que te encierra es oscura y tus ojos no pueden ver claramente. Pero cuando aprisionas tu fe, le encegueces sus ojos y desarrollas falta de visión, de empuje, de propósito. No aprisiones tu fe, por mi poder los ciegos ven; Yo soy el que había de venir, y solo yo te basto, no hay necesidad de nada más.

Juan, la cárcel que te encierra es pequeña y tus pies no pueden caminar libremente. Pero cuando aprisionas tu fe, le limitas sus pasos y desarrollas pasos faltos de firmeza, sin convicciones, ni seguridad. No aprisiones tu fe, por mi poder los cojos andan; Yo soy el que había de venir, y solo yo te basto, no hay necesidad de nada más.

Juan, la cárcel que te encierra es sucia y tu ropa y tu piel se contaminan. Pero cuando aprisionas tu fe, la contaminas y te vuelves insensible, ajeno a lo esencial, desconectado de lo profundo. No aprisiones tu fe, por mi poder los leprosos son limpiados; Yo soy el que había de venir, y solo yo te basto, no hay necesidad de nada más.

Juan, la cárcel que te encierra es aislada, y tus oídos se afectan por el silencio rutinario. Pero cuando aprisionas tu fe, la ensordeces y desarrollas falta de percepción e incapacidad de recibir la verdad.  No aprisiones tu fe, por mi poder los sordos oyen; Yo soy el que había de venir, y solo yo te basto, no hay necesidad de nada más.

Juan, la cárcel que te encierra es muerta, y tu esperanza desfallece. Pero cuando aprisionas tu fe, la aniquilas y la vida se te va de las manos, ya no hay gozo ni entusiasmo en tu corazón. No aprisiones tu fe, por mi poder los muertos son resucitados; Yo soy el que había de venir, y solo yo te basto, no hay necesidad de nada más.

Juan, la cárcel que te encierra te produce carencias, el alimento y el agua te faltan. Pero cuando aprisionas tu fe, la empobreces, te faltan los recursos, y te olvidas que nunca puedes ser pobre cuando te tienes a ti mismo, y a mí contigo. No aprisiones tu fe, por mi poder a los pobres es anunciado el evangelio; Yo soy el que había de venir, y solo yo te basto, no hay necesidad de nada más.

¿Cómo recibiría Juan la respuesta de Jesús? Nunca podremos saberlo. Poco tiempo después sería decapitado. 

Pero estoy seguro que con la respuesta de Jesús experimentó la preparación necesaria para su reencuentro con la Palabra que antes había descendido a él.

Escena III, Jesús habla de Juan a la gente, Mateo 11:7-11

Esta es la escena final en este drama de Adviento. El que vino a preparar el camino para el Señor, terminó sus días en la cárcel, con una duda que le asaltó por un momento y con una respuesta que atesoró en su corazón y que sin saberlo lo preparó para otro encuentro, uno eterno, permanente.

En esta última escena es el turno ahora de Jesús para preguntar. El hace una sola pregunta y la repite tres veces: ¿Qué salisteis a ver al desierto?

Es que otra forma de aprisionar la fe, no es solo cuando nos encerramos en algo, sino que también cuando salimos a buscar algo.

¿Qué buscamos del Adviento? ¿Qué buscamos de la Navidad? ¿Qué buscamos en Dios, de la fe, de la iglesia? Ese buscar se refiere a la actitud con la que nos enfrentamos a la búsqueda que hacemos.

La pregunta de Jesús nos lleva a evaluar nuestros motivos.

Lo que la gente esperaba ver en Juan: una caña movida por el viento, un hombre con vestiduras delicadas, un rey. Esto se refiere a la cárcel del orgullo que impide nuestra búsqueda o a la vanidad que la entorpece.

Lo que Juan era realmente: un profeta humilde. Esto nos habla de la condición esencial para recibir la respuesta de Dios, para ver su poder, para ser liberados.

Jesús nos habla de la grandeza de Juan en sus acciones, pero de su humildad en sus intenciones.

La verdadera grandeza del ser humano consiste en reconocer su necesidad y es por eso que los más pequeños, los más humildes en la vida, son más grandes.

Su grandeza consiste en el ejemplo de humildad que nos proveen, y entre más dispuestos estemos a aprender de ellos, que es la verdadera grandeza, más humildes seremos.

Es el fin del tercer acto. Pero esta vez el telón seguirá abierto porque ahora empieza tu propio drama.

¿Te encuentras en una cárcel y tienes una pregunta que hacerle al Señor?
¿Estás listo o lista para recibir la respuesta personal que Jesús te envía?
¿Cómo serás recordado o recordada cuando hablen de ti?


No aprisiones tu fe. Recuerda que Jesús es verdaderamente aquel quien había de venir y ya no hay necesidad de esperar a nada ni a nadie más. Él es suficiente para nuestra fe.